Sexo con mi suegra (maduras)


Maduras, hetero, infidelidad. Cuando parecía que ya no la volvería a ver por haber roto la relación con su hija, apareció de nuevo más ardiente que nunca.

Andrea fue sin dudas mi primera novia seria.

Una belleza de adolescente. Refinada, esbelta, compañera y con un cuerpo de infarto que aún hoy conserva a pesar de sus maternidades.

Teníamos 17 años cuando comenzamos nuestro noviazgo y con ella conocí por primera vez el sexo en forma periódica y con pasión.

Como suele suceder con las primeras novias, aún hoy, a casi 20 años de haber terminado con ella, guardo de ella muy buenos recuerdos y la recibiría nuevamente junto a mí si ella lo quisiera.

Pero, esta historia no trata de Andrea sino de Silvina, su madre.

Silvina tenía 36 años contra mis 17. Estaba separada desde hacía casi una década cuando la conocí.

Desde su divorcio había hecho un gran esfuerzo para mantener a sus tres hijos y podría decir que su vida era bastante sufrida.

Pero eso no le había hecho mella a su cuerpo. Esbelta y alta, con piernas excepcionalmente torneadas. Pelo rubio y lacio cortado hasta los hombros, facciones de niña, senos apreciables y un culo que de solo verlo me mareaba de deseo.

Era muy elegante. Sabía resaltar su belleza con cortas faldas, chombas ajustadas y finas sandalias de aguja.

Muchísimas veces me masturbé en su honor y casi todos los polvos que su hija Andrea recibía de mi parte lo hacía en representación de su madre.

Durante los 2 años que duró mi noviazgo con Andrea, mi enamoramiento con su madre llegó a ser una pasión enfermiza.

Pero lo mejor de todo es que tenía la impresión de que yo no le era totalmente indiferente.

De muchas formas, ella era mas amiga mía que su propia hija. Siempre guardando las distancias de la edad, ella me demostraba cariño en forma un tanto más calurosa de lo que a mí me parecía debía ser.

En ocasiones, yo llegaba a casa de Andrea antes de que ella regresara de la facultad y permanecía esperándola como un miembro más de la familia.

Yo adoraba esos momentos porque me permitían disfrutar con libertad el placer de observar sus piernas sin temer que las miradas de mi novia pudiesen descubrirme.

En una ocasión, ella me recibió muy ligera de ropas y no dejó de pasearse frente a mí, provocativamente enfundada en un baby doll semitransparente y calzada con sandalias de tacón.

Tuve que morderme y solo pude desahogarme horas mas tarde, en la soledad de mi cuarto cuando masajeándome la pija imaginaba que vencía mis escrúpulos y la tomaba por sorpresa a sus espaldas, acariciándole los senos y besando su cuello sin que ella opusiera resistencia hasta conseguir follármela salvajemente en su propia cama.

Esa visión me persiguió muchísimo tiempo.

Pero a los 19 años mi noviazgo se acabó. Andrea decidió dejarme por otro y durante todo el proceso de separación Silvina fue mi apoyo permanente y me consoló y aguantó hasta donde deber filial se lo permitió.

Yo hice entonces un paso al costado y dejé de verlas a ambas. Silvina me había ayudado a superar mi duelo y le estaba agradecido.

Pasó el tiempo. Yo me recibí y mi empleo en el cuerpo diplomático me hizo viajar por todo el mundo.

Eventualmente y sin buscarlo, me llegaban noticias de Andrea, pero también de Silvina que, sinceramente, me interesaba más. Tenía la sensación de haber dejado con ella algo inconcluso. Y también tenía la seguridad de que ese tema concluiría algún día.

Sucedió que 8 años después de mi ruptura con Andrea, concurrí a un coktail en la Embajada de los EEUU en Bs As. Las recepciones oficiales ya me tenían medio podrido. Charla inútil, mucho trago, mujeres voluptuosas pero de sexo con olor a crisis internacional.

Ese día estaba particularmente de mal humor cuando me retiré del lugar. Me sentía solo y sin sueño. Necesitaba distracción y por esa causa manejé mi BMW a una discoteca de moda con la esperanza de cachondear un poco.

Para aumentar mi disgusto “Sounder” había cambiado desde mi última visita.

El lugar estaba lleno de parejas de mediana edad y algunos grupos de mujeres maduras festejando vaya a saber que cosas.

Sin ganas de buscar en otro sitio, me acomodé junto a la barra al menos para saborear un whisky y escuchar algo de música.

Y entonces la vi.

Los años no parecían haber pasado para ella. Su rostro era el de una bella modelo madura. Vestía un ajustado vestido lo suficientemente corto como para mostrar la belleza de sus piernas, y especialmente escotado para apreciar su sugestivo canalillo. Remataba sus pies con una sandalias doradas de tira fina y sus pies se me hicieron inmediatamente agua a la boca

Rodeada de algunas amigas, con las que parecía compartir una despedida típica de fin de año ó tal vez fuera una reunión de ex compañeras de escuela, no había apreciado aún mi presencia

Tuve que refrenar mi intención de acercarme. Era mejor esperar que ella me descubriera para poder cuantificar mejor su predisposición hacia mí que quizás los años hubiesen modificado.

Así que sin que se me moviera un solo músculo seguí saboreando mi whisky con la paciencia de un monje tibetano a la espera de que Silvina percibiera mi presencia.

Quince minutos después sus ojos se clavaron en los míos y su cara se frunció adoptando esa típica expresión mezcla de sorpresa y de duda tan característica de las personas que no pueden dar crédito a la realidad que perciben.

Al fin, ya convencida, esbozó una profunda sonrisa, que yo devolví, y levantándose de su sitio se acercó decididamente.

Solo observar como avanzaba hacia mi posición hizo que mi polla reaccionara como sacudida por una descarga eléctrica: Deseaba follarmela.

Su sonrisa se agigantó al tenerme frente a frente y cuando me saludó con dos besos en las mejillas yo aproveché para tomarla de la cintura con ambas manos y percibir como la vibración de su cuerpo empezaba a desquiciarme.

Ordené champagne al Barman y mientras la bebíamos conversamos de muchos temas.

Primero me hizo contar la historia de mi vida, cosa que hice con un tremendo esfuerzo por no mirar sus piernas o acariciarlas.

Luego me contó que había vuelto a casarse, pero no la noté muy contenta con el asunto. Cuando quise interrogarla más sobre el tema, lo eludió con una mueca de disgusto, pero copa a copa me fue contando que su nuevo esposo era un hombre diez años mayor que ella y que no compartían mucho los gustos.

También supe que Andrea tenía ya 3 hijos, y que era una suerte haberme encontrado porque estaba en una reunión de amigas que no le importaba demasiado y empezaba a aburrirse.

La botella terminó y el alcohol empezaba a hacer su efecto. La música invitaba a bailar y ella no se negó a hacerlo conmigo.

No quiero dejar de contarles lo bella que me parecía. Y no solo a mí. Noté que las miradas de los hombres la seguían y que me observaban con cierta envidia.

Silvina era muy sensual bailando. Su cuerpo parecía contornearse con una habilidad que jamás le hubiera atribuido. Al verla yo imaginaba que me cabalgaba, desnuda, con sus senos entre mis manos y mi polla bien metida dentro de su raja.

Ver moverse a esa tremenda mujer, que se contorneaba frente a mí olvidándose que era casada y que podría haber sido mi suegra, tenía un morbo que ya me era una carga muy difícil de llevar sobre los hombros.

A eso de las 2 de la mañana, una de sus amigas se acercó a despedirse dado que se iban del lugar. Las vi charlar unos segundos hasta que Silvina le dijo que no se preocupara por ella, que yo podría acercarla más tarde a su casa.

La amiga de Silvina me dedicó una inexpresiva mirada y asintió antes de despedirse y dejar a Silvina bajo mi protección.

La noche siguió un rato mas durante el cual acabamos otra botella y seguimos bailando sin mas que algún que otro roce. Ella no parecía percatarse de que yo le apoyaba mi paquete en su culito cada vez que tenía oportunidad, o que trataba de hacer pasar inadvertidamente mis manos acariciando su cintura o su espalda.

Pero lo cierto es que yo no me animaba a mucho más. Y ella no parecía reaccionar a mis veladas sugerencias.

Hasta que a las 4 llegó el momento más temido. Ella miró su reloj y me dijo que era hora de marcharse.

Yo no me resistí. Pero antes de retirarnos compré otra botella de champagne y convencí al barman de que me dejara llevar un par de copas como “souvenir”.

Cuando salimos del lugar no pude resistir tomarla de la cintura y caminar con ella hacia mi auto.

Fueron solo unos pasos lo que hicimos de esa forma, pero algo dentro de mí supo como terminaría la historia. Estaba entregada.

Ella se impresionó al ver mi BM.

“Parece que te ha ido bien”, me dijo cuando le abría la puerta invitándola a entrar.

Una vez dentro, descorché la botella y le dije “Una última copa”. Ella me miró con una sonrisa y quitándome la botella de las manos tomó un largo trago desde el pico. Eso me puso a mil.

Ella bajó la botella, la apoyó en el piso y tomando mi paquete con sus manos procedió a bajar mi cremallera para liberar mi polla dura como una estaca y empezar a mamarla abiertamente.

Yo arranqué el auto y sin que ella dejara de lamer mi pija, conduje suavemente hacia un motel cercano.

En el hotel las inhibiciones desaparecieron.

Tal solo al cerrar la puerta de la habitación levanté su vestido, aparté el hilo dental que cubría su chorreante rajita y le calcé mi pija con fuerza levantándola del piso y sosteniéndola con mis manos en sus muslos.

La embestía duramente contra la pared y sus gritos de placer renovaban mis fuerzas.

“Hace tanto que deseaba esta pija”, me decía. “Te la mamaré hasta el hartazgo”.

“Dime que deseas a tu suegrita”

“Decidme que siempre quisiste cogerme guachito”.

Y yo le contestaba:

“Vamos a hacer cornudito al cabrón de tu marido”.

“Siempre supe que eras una putita caliente”.

“Vas a mentir para verme porque te haré adicta a mi leche”.

La acabé en la boca, la acabé en su culo y cuando al fin la acabé en su raja ella me gritó en el oído, con fingido enojo,

“Eres un cabrón. Me dejarás embarazadita y tendré que mentir a mi marido”.

“Odio a tu marido porque te encontrará al amanecer en tu cama, bien folladita y mojada con mi leche y te hará gozar otra vez.”

“Si papito, lo hará y yo pensaré en vos como lo he hecho todos estos años en que me ignoraste”.

A las 630, aún de noche, la dejé en la puerta de su casa. Ella no paró de mamármela durante todo el trayecto.

Esa fue mi noche desquite. A partir de ese momento pasé a follarmela con regularidad.

El morbo de Silvina llegaba a tanto, que, tiempo después, me presentó a su marido como el novio de una amiga que se prestó al juego y con esa excusa empecé a frecuentar su casa y a follármela por todos los rincones y en las circunstancias más insólitas.

También la disfrutaba en mi departamento, donde ella solo vestía una minúscula tanga y altos zapatos de tacón para que yo me la follara con una asiduidad que desafiaba mi fortaleza.

Otras veces, ella y su amiga también casada, montaban para mí unas noches de sexo desenfrenado donde luego de follar a una debía follar a la otra y más tarde a ambas simultáneamente.

Yo me sorprendía de su capacidad actoral cuando muchas veces llamaba a su esposo desde mi departamento mientras tenía mi polla profundamente ensartada en su culo y con tono dulzón le decía cosas como:

“Si mi amor, tal vez llegue mas tarde porque me he demorado en la exposición”

Silvina fue mi puta durante mucho tiempo más, hasta llegamos a convivir abiertamente cuando enviudó y solo me dejó, muy a mi pesar, cuando la diferencia de edades ya fue insostenible.

Ha sido lejos la mujer que mejor me ha follado.

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