Septiembre inolvidable


La historia que os voy a contar es real. Me llamo Sergio, tengo 22 años, y estudio en la Universidad de Alcalá. Todo pasó a últimos del mes de septiembre. Yo no me considero buen estudiante, es más, no lo soy. Soy la típica persona que estudia los días antes del examen, y luego me pasa lo que a casi todos. Suspendo. O como solemos decir los estudiantes… “nos suspenden”.

El caso es que me presenté en septiembre a un examen de mi carrera, que había suspendido en junio. Me sorprendió suspenderla en junio, porque es una asignatura que me gusta mucho. No sé si por la materia, o por la profesora. En parte pienso que por lo segundo. Ya me entendéis. La profesora se llama Nuria, es de las más jóvenes en la universidad, llegó el año pasado, y tendrá unos 26 años más o menos. Es castaña con mechas rubias, pelo rizado, la melena le llega a media espalda. Es delgadita, y cuando digo delgadita… digo 60 de cintura. No tiene mucho pecho estará entre un 85 y un 90, más cercana a los 85. Y tiene un culo que quita el hipo a cualquiera. Su culo me lo sé de memoria, porque yo creo que es a lo único que prestaba atención en sus clases. Como siempre se ponía de espaldas a nosotros mirando a la pizarra…

Ahora ya sabréis porque suspendí. Es redondito, bien formado, con sus dos glúteos bien apretados, que se nota que es de gimnasio. Ella sabe que tiene buen culo, y por eso llevaba todos los días a clase pantalones ajustados que se lo definían perfectamente y que le quedaban de miedo. Tiene unos pantalones blancos que le quedan muy bien, pero que muy bien, y como sabe que le quedan bien, se los pone casi todas las semanas.

Total, que cuando hice su examen en junio, pensé que lo había aprobado, porque me lo había preparado muy bien, pero saqué un 2. Que se le va a hacer. Así que me lo preparé para septiembre. Y esta vez sí lo llevaba bien preparado, pero me saqué un 4,5. Y decidí ir a la revisión del examen, que era en su despacho. Y cara a cara con ella, sin nadie más.

Había mucha gente cuando llegué, pero fui listo y me colé. Cuando pasé a ver el examen allí estaba ella con su melena suelta sobre sus hombros. Llevaba una camisa blanca, con los 2 botones de arriba desabrochados, que dejaba entrever un sujetador negro precioso. Y unos pantalones ajustados de color verde camuflaje que se apretaban a su culo como imán que se pega al metal. ¡Quien fuera pantalón! Me dije. Cuando entré me dijo que me sentara, y me sorprendió que me llamara por mi nombre, porque pocos profesores se aprenden el nombre de sus alumnos, pero no le di importancia. Revisamos juntos el examen. Y no me quería aprobar, faltándome sólo medio punto para el 5. Le dije que no me podía hacer eso, que había preparado muy bien su asignatura y que no podía suspender.

A Nuria parecía que no le importaba nada de lo que le estaba diciendo, sólo decía que no me podía aprobar, que el examen no estaba para el 5. Así que me dijo, que como había mucha gente esperando, que si quería que volviésemos a revisar el examen, que me esperara hasta el final. Y así hice, fueron pasando uno tras otro todos mis compañeros que habían suspendido, unos con mejor suerte que otros. Así hasta que por fin salió el último. Salió Nuria a decirme que entrara, que íbamos a volver a repasar el examen. Entramos los dos, y yo me senté. Al contrario que antes, ella no se sentó en su silla, sino encima de su mesa, con sus piernas cruzadas hacia mí.

Empezó a mirar mi examen, diciendo que no veía nada que me pudiese subir la nota medio punto. Cuando de pronto, me pregunto si me importaba que se descalzara, que le dolían los pies de llevar los zapatos, tanto tiempo puestos. Llevaba unos náuticos marrones, lo que me extrañó que dijese que le doliesen los pies, porque esos zapatos no te dan dolor. Al descalzarse y volver a cruzarse de piernas, sus pies descalzos, cubiertos solamente por unas medias de color carne, le quedaban a la altura de mi entrepierna. Yo creo que se dio cuenta de eso, y cruzó más las piernas hacia mí, de manera que sus piernas quedaban entre las dos mías, pero a mayor altura. Yo no hacía nada más que mirarle el sujetador negro que se le clareaba por la camisa.

Me dio la sensación de que se dio cuenta, pero hizo como que no se enteraba. Empezó a mover sus piernas mientras miraba mi examen, y no sé si haciendo a propósito que sus pies rozaran suavemente mi paquete. Cada vez me estremecía más, y ella cada vez me rozaba más, ya sin temor ninguno. Noté como me comencé a excitar, y mi polla se empezaba a hacer grande y a apretarme el pantalón. En ese momento se levantó, y acercándome el examen, se arrimó y me dijo:

-Ves, no consigo ver nada que te pueda subir el medio punto que te falta.

Como estaba descalza, y el suelo estaba frío, me preguntó si se podía sentar encima de mi pierna, que se le estaban quedando los pies helados. Yo me quedé muy cortado, porque no sabía que decir, a fin de cuentas, era mi profesora, pero lo único que hice fue asentir. Así que se sentó sobre mi pierna, y empezó a enseñarme lo que había hecho mal del examen. Hasta que no sé muy bien como pasó, noté que sostenía el examen con su mano izquierda, y con la derecha me estaba tocando la polla por encima del pantalón. Ahí fue cuando mi pene se puso a 100, y ya se me puso lo más duro que se puede poner. Ella lo notó, y me dijo: “Vamos a pasar un buen rato”.

Se lanzó sobre mi boca, y me besó como nunca nadie me ha besado, moviendo su lengua por todos los rincones de mi boca, con deseo, con pasión, con excitación… Le quité la camisa con decisión, y comencé a sobarle los pechos por encima del sujetador. Se levantó de mi pierna, y se echó sobre su mesa, a la vez que se desabrochaba el pantalón, y se lo bajaba hasta las rodillas. Terminé de bajárselo, y vi que llevaba un tanga de color negro, a juego con el sujetador.

Le duró puesto un minuto, enseguida se lo quité, le abrí de piernas, y comencé a comerme su coño depilado hasta el último detalle. Estaba muy rico. Luego se incorporó, me sentó otra vez sobre la silla, me quitó todo lo que llevaba puesto, y me empezó a lamer la polla de abajo a arriba, pero sin tocar el capullo. Eso me excitó más aún. Deseaba con excitación, que tocase mi glande con su jugosa lengua. Me hizo sufrir un par de minutos, pero al fin llegó:

-Siiiii –Gemí.

Me empezó a chupar el capullo con deseo, como si hiciese mucho tiempo que no se comía una buena polla. Cuando terminó de comérmela, sin dejar que me levantase de la silla, se sentó sobre mi polla, introduciéndosela hasta los huevos. Que calentito estaba. Comenzó a moverse de arriba abajo sin parar. Hasta que ella llegó al momento cumbre:

-Ahhh, me corro –Me susurró al oído.

Yo no llegué a la vez que ella, así, que se levantó de mi polla, volvió a agacharse y volvió a introducirse mi polla en su boca. Esta vez, con cuatro lengüetazos que me pegó, llegué a la eyaculación. Me corrí, como no me había corrido en mi vida, y de una forma que no había hecho nunca, en su boca.

Así fue como eché el primer polvo con mi profesora. Llevamos casi un mes saliendo, porque después de esto me comentó, que llevaba desde abril enamorada de mí, y que no me había dicho nada porque yo era su alumno, y porque no sabía cómo iba a reaccionar yo. Así que comenzamos a salir, y de vez en cuando (todas las semanas), nos escapamos a su despacho, y lo hacemos con desenfreno. No sé si es porque nos deseamos con pasión, o porque nos da morbo que nos puedan pillar, y nos puedan echar a los dos.

Esta es mi historia, y espero que con ella os hayáis divertido un poco. Sólo espero que Nuria no vea que he contado nuestra historia, porque como se entere me mata. ¡Ah! No me aprobó, pero me consuela verla todos los días en clase, en esa asignatura que no me quiso aprobar, pero no sé por qué me da, que esta vez apruebo…

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