Pasión desmedida


Los episodios de nuestra aventura sexual, como pareja, cambiaron imprevisiblemente el futuro de nuestras vidas. Aquello que empezó por un sorprendente zarpazo mío a los genitales de mi amigo Félix y que continuó con mi flirteo telefónico, dejándome tratar como una coqueta cualquiera con el sobrenombre de Ratita, nos llevó a querer hacer perdurable nuestra amistad convertida en amor, éste en carne y ésta en pasión. Nunca me hubiera creído que de un zarpazo tan atrevido por mi parte y tan inesperado, tanto para mi amigo como para mí – que aunque me lo había imaginado muchas veces nunca creí atreverme – pudiera resultar tan fructífero. Tan imprevisible fue todo que, antes de que me llamara Félix, al día siguiente, para que acudiera a su casa, todavía seguía yo pensando si todo había sido un sueño e, incluso, si llamándome Ratita era una manera de burlarse de lo que habíamos hecho el día anterior y, así, librarse de la mala consciencia que le podría producir haberse dejado llevar por mi instinto homosexual. Tras su llamada, pues, llegué a casa de Félix como una loca ninfómana cargada de la sensaciones del día anterior, gozándome de todas las impresiones sensuales que mantenía vivas en mi pensamiento, en mis papilas, en mi ano, en toda mi piel, con el recuerdo del campanilleó de su polla en mi boca y en mi culo; el roce del vello de su pecho, de su pelvis, de sus nalgas, de sus muslos, de sus piernas y, en fin, de todo su cuerpo magníficamente afelpado que me cosquilleaba gratamente; mis manos en sus testículos con ansias de volver a beber de su elixir níveo, espasmódico, viscoso, acaramelado… y sintiendo dentro de mí un hormigueo que recorría todo mi cuerpo ansioso de gozar nuevamente de todas aquellas sensaciones que me hacían sentir como si flotara en un inmenso océano y me dejara llevar por el vaivén de unas olas placenteras. Aparentemente, como otras tantas veces, llegué a su casa para entretenernos en nuestros juegos y en nuestras aficiones o bien para reunirnos y salir juntos. Esta vez… era tan distinto. Félix ya estaba esperándome asomado en la ventana de su habitación, me vio, me saludó, me hizo la seña de que estaba solo. La puerta ya estaba abierta, subí las escaleras como una loca, le abrace, nos besamos en la boca efusivamente. Goce, como primicia, del sabor de su lengua ensalivada de una mezcla de café i coñac francés. Su cuerpo, bragado, olía a tío – Mis padres están de viaje – me dijo – Antes de irse se tranquilizaron diciéndome que me dejaban en tus manos, confiados en tu sentido de responsabilidad. Tú ya sabes que, de ti, tienen una buena imagen. No sé que pensaran, ahora, cuando se enteren y sepan que eres… – dudó, pero me lo dijo – un maricón reprimido. – No me gusta que me digas eso, al menos en frio, Félix. Además, no me siento eso, ni lo soy. Llámame, Ratita; se ajusta más a mis deseos de ser tu hembra. Quiero pensar que es así como me has descubierto y como quiero que me quieras. – ¿Qué llevas ahí? – dijo señalando la bolsa que llevaba en la mano – Te vas a sorprender – le dije –, llevo todo lo que necesito para que me veas mujer, cosas que para otros podrías decir que son plumas para mariconear. Para mí, no; para mí son, y así me las pongo para ti, las señales externas complementarias con que me puedo evidenciar como me siento: hembra atrapada en un cuerpo de macho. Mira esto: unas medias, unas bragas, unos sujetadores, este collar de perlas, estos pendientes y nada más, con esto tengo suficiente para estimular tu imaginación de varón y que te prestes a quererme como me siento. – ¿No llevas ahí la peluca?- me preguntó. – No. Mi cabeza y mi rostro, de hombre o mujer, son éstos: no quiero otros. – Empecemos, pues, Ratita. Te arreglas rápidamente, si es que te gusta así, con esos avíos. Después de lo ayer tengo una ganas enormes de complacerte y de que me complazcas. En toda la noche no me he podido quitar de mi mente nada de lo de ayer – y añadió – qué gusto me diste y qué buena hembra hubieras sido – y diciendo esto, se acercó, me cogió por la cintura y me apretaba contra su pelvis. Yo no pude resistirme al impacto de su paquete en mi bajo vientre y, como ayer, me arrodillé, le saque la polla metiendo mis manos en su bragueta y bajándole lo calzoncillo, elásticos y asedados, sin la temeridad de mi anterior atrevimiento y sí, en cambio, mirando su polla con la satisfacción de que aquella hermosa verga, aquel enorme capullo y aquellos testículos prietos me los entregaba mí amado para hacerle gozar. Le di unas cariñosas chupaditas a su capullo, pero él envistió y me metió más de media verga en mi boca, diciéndome con inusitada pasión: – ¡Toma! A continuación me pidió perdón por las arcadas que me produjo con los envites de su tronco armado en mi boca de punta a huevos. Ya en el aseo, delante del espejo, desnuda y con mis tangas puestos, sintiéndome muy sexy y haciendo unos gestos femeninos que tanto tiempo llevaba ocultándolos, me sentí mujer dispuesta a ejercer abiertamente, ante Félix, mi identidad de género. El espejo quería desmentirme y le escupí. Cambie mis tangas por las bragas, me puse las medias, me puse el sujetador preparado como si sostuviera unos pechos lindos. Con rabia y más femenina que nunca, mire al espejo: -¿Qué me dices ahora? Salí, del baño, muy airosa. Él estaba en la cama, desnudo, majeándose la verga y los testículos. Me acerqué, di unas vueltas delante de él haciendo unas poses pícaras de mujer que quiere cautivar a su hombre. Pero Félix, no sé por qué, de pronto, pareció enfurruñarse inesperadamente viéndome vestida con aquellos atavíos. Con extrañeza, sin que yo pudiera, en principio, entenderle, bajó de la cama y se plantó de pie con su colgajo erecto campanilleándole, y me dijo: -¡No me vengas con mariconadas! Tu cuerpo es de tío, tienes menos pecho que yo y tu polla es más larga y gruesa que la mía. Me basta, pues, que te sientas mujer, que me dejes gozarte como lo que eres en tu mente, aunque tu cuerpo lo desmienta, y gózame como el tío que te quiere hacer feliz. Sus palabras resultaron milagrosas. Empezó a sobrarme todo: las medias, las bragas, el sujetador y…. Me lancé, totalmente desnuda, como una loca sobre él y caímos en la cama riéndonos. Me recosté y empecé sobándole sus pechos macizos, pellizcándole sus mugrones erectos y duros; me refugié en sus sobacos oliéndole el sudor y lamiéndole sus humedecidos pelos lacios; me pase sus calzoncillos por la nariz y mi boca para oler y gustar del olor y sabor rancio de su última lechada y de los vahos residuales del goteo pudibundo de sus micciones, dejándole clara mi disposición a ser su esclava sometida a sus caprichos y deseos más morbosos. Él me dejaba hacer: llené de besos y lamidos su abdomen, bajé a la pelvis mullida lamiéndola, besándola y ensortijando su vello púbico con mi lengua insaciable pero, intencionadamente, resistiéndome cuanto podía a chuparle la polla hasta que – como yo esperaba que lo hiciera – me obligara a chupársela – como yo hacía tiempo que lo deseaba – sumiéndome totalmente a su furor de macho encabritado. Resistí, pues, ansiosamente hasta que él, locamente enfurecido, me forzó a agachar la cabeza: – ¡Mama, coño, mama! – Me gritó – ¡Mama, grandísima puta! – Me insistía él con idénticas ansias como las que yo ansiaba gozar de su polla en mi boca mamándosela, chupándosela, lamiéndosela y mordisqueándosela. – ¡Mama, grandísima puta! ¡Mama, coño, mama! – Me insistía mientras que yo gozaba potenciando, con mi represión simulada, su deseo. – ¡Pero qué puta eres tú, cabrona! Ahora, sí: hecha una zorra, putísima, se la chupé con toda mi vehemencia y mis ganas, dejándome llevar por su deseo y la fuerza con que me obligaba a chuparle su polla desde el capullo a los testículos. -¡Mama, coño, mama! – me repetía. Me forzó a ponerme de rodillas delante él con sus genitales ante mi rostro y con sus manos me abrió la boca y metió, primero, sus dedos; luego su verga; me penetró y me folló en la boca; me volteó y me hurgó el ano; con su dedo ensalivado me masajeó los esfínteres y, me volvió a poner los dedos en mi boca para que se los chupara; me puso boca arriba, con mis piernas sobre sus hombros y se entregó con toda su fuerza a follarme y haciéndome sentir que mi ano era la vagina que yo le podía ofrecer y él era el macho que quiere preñar a su hembra. En dos tandas, intercaladas con un descanso, nos pudimos gozar, cada uno, de dos orgasmos consecutivos. En el primero, tras una follada bestial de semental joven y vigoroso, derramó toda su leche en mi cara, al tiempo que yo me jadeaba aún de mi primer orgasmo. Con placer mezclé su semen con el mío y me lo embutí, primero, en mi culo y después, recogiendo todo el sobrante con mis dedos, me engullí la mezcla repetidas veces hasta dejar mi cara limpia. Me gustaba aquel pastel y terminé chupándole la polla para recoger y tragarme el resto de su semen. Después, más pausadamente, nos llenamos de caricias, de besos y sobos por nuestros cuerpos. Sin prisas, yo jugueteé con el vello de su pubis y de sus sobacos; metía mis dedos en su prepucio, le acariciaba el glande y, seguidamente, me chupaba los dedos; intente, entre risas, restregarle mi mano en su ano y meterle algún dedo pero no se dejó; cogí su verga y la junté con la mía tratando de cubrir su capullo con mi prepucio para simular que me penetraba y me follaba, a manera de coño, por mi pepucio y mi verga, en aquel momento, flaccidos; mientras le masturbaba quise poner mi polla en sus manos, tampoco se dejó. Así, poco a poco, volvimos a sentir los deseos de gozarnos plenamente. Nuestras vergas erectas marcaban, a reventar, las arterias de nuestros penes; nuestros glandes se descapullaban como flores de mayo. Puestos así, mientras yo mismo me masturbaba, le masturbé zarandeándole la verga arriba y abajo, chupándole el capullo, lamiendo el tronco henchido y mordisqueando sus huevos. Nos contuvimos hasta no poder más y su semen i el mío se mesclaron en mi pelvis y chorreando por mis ingles buscaron el cauce abierto hacia mi entrepiernas, allí donde mi ano esperaba tan delicioso y cálido flujo. Amistad, amor, carne, pasión… este era el camino que habíamos recorrido hasta ese momento y esa era nuestra disposición a mantenerlo. Éramos muy jóvenes todavía y, con el tiempo, todo fue cambiando para nuestro mayor gozo y placer. Perduraba nuestra amistad hecha amor, éste hecho carne y ésta, lujuriosamente, hecha pasión que nos llevaba, pasado ya cierto tiempo y puestos a complacernos, a confundir los roles y, cuando no, a cambiarlos ardidamente para suplantarnos en nuestras iniciativas con las que satisfacer nuestros deseos más íntimos. No me extrañó nada, después de bastante tiempo, el día que se atrevió, Félix, a cogerme la polla, ponérsela en la boca y chupármela con las ansias de quien satisface un deseo oculto. Cierto es que nunca le forcé, tan cierto como fueron sus propias ganas explosivas de mamar, chupar, lamer, besar y mordisquear mi polla con las ansias de quien llevaba demasiado tiempo reprimiéndose. –Chupa, cariño, chupa – le grité timidamente, en principio, pero a medida que se rendía a chuparmela febrilmente, con desesperación, jadeando y fuertes ronquidos, tambén a mi me resultaba difícil no entregarme a sus ansias: -¡Toma, chupa! ¡Qué bien la chupas! ¡Toma, mama, chupa, lame… besame los huevos, mordisquealos! Así… –Qué cosa más buena, qué rica – gritaba él complacido de tal manera que me excitaba mi instinto de macho como nunca había sentido, ni siquiera imaginado. – ¡Chupa, tío! –llegué a gritarle – ¡Chupa, maricón, hijoputa, chupaaaaa! ¡Mama, tío; lámeme el capullo, cabrón; lámemelo… así, así, así. Y así fue nuestra tercera experiencia, esta vez con plena consciencia de satisfacer plenamente los deseos de nuestros afectos mutuos y de nuestros instintos sexuales más profundos. Pasado el tiempo, y ya puestos sin importarnos nada de nada los roles y totalmente entregados apasionadamente al placer con la lujuria puesta en nuevos retos, un día le pedí que se pusiera de cuatro patas, como perrito faldero, para satisfacerme como el macho que él mismo me había hecho sentir algunas veces para encabritarme. No se negó. Puesto él como le pedí, separé con mis manos sus nalgas afelpadas con el vello que se adentraba hasta circunvalarle el ano. En ocasiones posteriores ya era él mismo el que las separaba con sus propias manos o entrambos, en otros casos, dándonos palmadas que enrojecían su culo – o el mío – y nos excitábamos con la escozor de las fuertes palmadas, pellizcos y, incluso, suaves vergazos cuando nos entregábamos al placer sadomasoquista que se avenía bien a nuestros roles alternativos de machos/hembras versátiles. Aquella primera vez que se dejó llevar apasionadamente por el goce de mis carnes en sus manos, en su boca y en su ano abierto como una flor, resultó todo perfecto: lo ensalive, lo humedecí con cariñosos besos negros, metí mi lengua entre sus esfínteres tersos, prietos y duros que con el calor de mi aliento y mi saliva cálida se fueron aflojando pausadamente hasta dejar que pudiera penetrar mi lengua, primero; mis dedos y hasta casi mi puño, después, y culminando, con enorme satisfacción de ambos, metiéndole mi polla y zumbarle un méteme y saca que, por ser el primero, con los roles cambiados, todavía hoy nos resulta inolvidable. Ha pasado mucho tiempo. Es evidente que nos amamos y nos entregamos sin escrúpulos para gozarnos con la pasión de sabernos poseedores de nuestros cuerpos que nos hemos entregado, uno al otro, mutuamente y sin reservas de géneros gramaticales ni sexuales.

Una respuesta a “Pasión desmedida

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s